Es jueves por la mañana y hace sol. Tras un buen desayuno en familia, Bruno, mi marido, se prepara para salir en bici por la vía verde. Es mi oportunidad para dar una vuelta por el mercado de Le Boulou y enseñarles a mis hijos los productos locales. Desde que empezaron las vacaciones, Bastien no ha parado de reclamarme salchichón, no debe ser difícil de encontrar.

Con el sol que hay, la gorra es de uso obligado para Bastien y Noémie. Yo cojo el sombrero y... ¡allá vamos! Ah, me olvidaba de lo más importante: mi cesta de mimbre.

Como estamos alojados en el centro de la ciudad, llegamos a la Rambla en tan solo 3 minutos andando.

Nada más llegar, nos sumergimos en el ambiente típico de un mercado del sur. Aceitunas, embutidos, quesos, frutas y verduras... no salgo de mi asombro, ¡realmente hay de todo! Noémie ha visto a lo lejos un puesto de ropa, en particular un vestido floreado que quisiera probarse. Llegamos al probador. El vestido le queda precioso. Pues venga, regalo de vacaciones. Además está en oferta.

Seguimos hasta el puesto de charcutería, en donde Pascal, un vendedor atípico, presenta sus productos y propone degustarlos. La oferta es muy variada: salchichones aromatizados a la aceituna, al queso de cabra, a la nuez... Yo tengo debilidad por el de aceitunas, pero Bastien prefiere el de queso de cabra. Como no nos decidimos, nos llevamos los dos. Avanzamos por la calle de las palmeras. Compro algunas verduras, tomates, berenjenas, pimientos, siguiendo los consejos de Francine, agricultora catalana, ya que quisiera probar la receta de la famosa escalivada.

Con la cesta repleta, nos encaminamos a la Oficina de Turismo cuando un olor a paella nos atrapa: ¡es como estar en España! Buena idea para este mediodía, Bruno no hace más que hablarme de la paella de su abuela.

De veras, me encanta ese ambiente de mercado mediterráneo. Pasemos por la Oficina de Turismo, quizás tengan una lista de los mercados de la región... Me atienden muy amablemente y me entregan la lista de los mercados de la zona. Parece que el de Céret es imprescindible, tal vez vayamos el sábado por la mañana.

Vaya, no había visto la hora, ¡ya son las doce! Volvamos al piso, papá no tardará en llegar de su escapada en bicicleta.

Hemos pasado una mañana estupenda, una verdadera inmersión en la vida de Le Boulou, rebosante de colores y sabores.